Mal 3,1-4: Ya llega el mensajero del Señor
Salmo responsorial 23: El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.
Hb 2,14-18: Jesús, un ser humano en plenitud
Lc 2,22-40: Este niño será signo de contradicción Dos ancianos judíos son los portadores de la profecía que acompaña este momento de la vida de Jesús. El texto revela un encuentro entre la vieja tradición judía, representada en el templo, los sacrificios, los ritos y los ancianos, y el nuevo proyecto, representado en la persona de Jesús. Ser causa de levantamiento, de liberación, de dignificación, de redención para los más necesitados, es una característica fundamental del proyecto de Jesús. La caída vendrá para los poderosos que han fraguado su imperio sobre la mentira y la injusticia. El proyecto histórico de Jesús va a ser generador de división y de dolor, pues las persecuciones, las torturas y la muerte serán las consecuencias seguras de la misión de este pequeño niño. El evangelio nos invita a ver con nuevos ojos y sobre todo con mucha esperanza el camino de Jesús; a reconocer que ser cristianos de verdad supone muchos sacrificios y fidelidad. Con facilidad claudicamos ante las dificultades y los señalamientos con que se nos ataca, y nos aferramos a seguridades pasajeras. ¿Estamos dispuestos a seguir a Jesús, incluso asumiendo con valor los sufrimientos que se desprendan de dicha opción? 1. Preparación Señor, aquí estoy delante de ti. Tú estás conmigo, en mi corazón y en todas tus criaturas. Quiero estar un rato contigo. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén. Ahora, lee despacio el evangelio de hoy y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. 2. La palabra de Dios Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: "Todo primogénito varón será consagrado al Señor", y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones." Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel." Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: "Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma." ( Lucas 2,22-35)
- Según la ley judía, todo primogénito –de los animales y de los hombres- tenía que ser cedido, consagrado a Dios, en recuerdo de la acción salvadora de Dios al sacar a Israel de la esclavitud de Egipto. Los animales eran sacrificados; pero, como la ley prohibía los sacrificios humanos, el primogénito varón era rescatado y sustituido por la ofrenda de una tórtola o un cordero, según las posibilidades de la familia. Es lo que hacen María y José: presentan a su hijo a Dios y entregan un par de tórtolas como rescate. Toda la vida de Cristo, desde el primer momento de su entrada en el mundo hasta la consumación de su entrega en la cruz fue, diríamos, vivir esta consagración a Dios: vivir para Dios, hacer en todo la voluntad del Padre: “Me diste un cuerpo y yo dije aquí estoy para hacer tu voluntad.” La consagración de hoy se comprende plenamente a la luz de la escena del calvario, donde Jesús no será sustituido, sino sacrificado como primogénito de toda la humanidad para rescatar a todo hombre del pecado y de todas las esclavitudes. Señor Jesús, también nosotros, el día de nuestro bautismo, fuimos consagrados a Dios, sellados en el nombre de la Trinidad. Ayúdanos a vivir nuestra consagración a Dios con la fidelidad con que tú viviste la tuya.
- Muchos había en el templo. Muchos oraban. Pero sólo Simeón reconoce al Salvador en aquel niño que entra en brazos de una mujer del pueblo. La oración constante y confiada ha abierto sus ojos para ver al que es el Mesías esperado, “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Los demás vieron a una familia más y a un niño cualquiera. Pero Simeón tenía las ventanas del alma abiertas y la luz de Dios entró e iluminó su corazón y vio al Salvador y a la Madre del Salvador. Y da testimonio de ello. Señor, concédenos la gracia de la oración callada y constante. En ella te descubriremos a ti como la Luz que puede iluminar nuestras vidas, nuestras tristezas, nuestras incertidumbres, el sentido de todo lo que nos ocurre, y dar seguridad a nuestra esperanza de que un día nos veremos libres de todo lo que nos hace sufrir a nosotros y a los demás.
- Aquí empieza también el caminar de María hacia el Calvario: “"Mira, éste... será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma,” le anuncia Simeón. La madre estará unida a la suerte de su Hijo. Y el hijo que ha de ser luz de las naciones y gloria de Israel, será también el siervo de Iahvé, azotado y escarnecido, cubierto de oprobios, y crucificado. Ésta será la espada que romperá el corazón de la Madre: sufrir con Jesús las ingratitudes, los desprecios, la persecución y la muerte ignominiosa y cruel en la cruz. Gracias, Madre, porque aceptaste ese dolor que traspasó tu alma y que uniste al de tu Hijo para redimirnos. Ruega para que nosotros también seamos fieles al Señor en los momentos de sufrimiento y oscuridad. Intercede, Madre, por nosotros para que nos dejemos iluminar por la Luz, que es Cristo, y así seamos personas iluminadas y podamos iluminar a los demás.
3. Diálogo con Dios A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón. |
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